Pibes Chorros

 

Pibes Chorros

Esta madrugada le estuve haciendo el aguante a un amigo por que una banda de pendejos (16 y 17 años) la tienen con entrar a afanarlo o pegarle a sus hijos. Primero creyeron que su hijo mayor los había mandado al frente por entrar a afanarle “el cultivo” al transa de al lado (un infeliz que cultiva para vender frascos de cogollos), y lo fajaron al estar llegando del laburo. Luego de que el padre (mi amigo) encarara al padre de uno de ellos increpándolo por el tema (e intentando que todo se pudiera resolver de modo domestico) este pibe vino a querer patotear a la familia con seis mas por que al parecer su propio padre (un buen hombre que se excusaba ante mi amigo pidiéndole que llegado el caso denunciara a su hijo) lo echó de la casa esa misma noche. Idas y venidas, vecinos llamando a la policía, ayuda que al mismo tiempo era rechazada por mi amigo para evitar futuras represarías por estos menores que (por lo menos ellos) confían en que serán inmediatamente soltados.

Se sabe que cuando las cosas pasan de la teoría a la biografía, de la estadística a la descarnada experiencia, se te quemen todos los papeles sobre propuestas de intervención en problemáticas de violencia social. Mi amigo sin embargo tiene algunos estudios en psicología social. Puede, a pesar de que coyunturalmente deba resolver los problemas con el pragmatismo que la situación requiere, elevarse del kilombo en una reflexión acaso mas elaborada que el fachistoide “hay que matarlos a todos”.

Y los dos veníamos caneando. Es cierto que en el imaginario de todos (ellos y nosotros), existe efectivamente la impunidad a partir de saberse menores. Pero hay preguntas mas profundas respecto a por que un puñado de pibes decide todos los días “batirse” en lances tan desafortunados como los que van desde robarles a sus propios y mas próximos vecinos hasta sentir que deben volver a amedrentar a sus pares por que en ello se juega una suerte de prestigio en una supuesta territorialidad que deben sostener denodadamente.

Estos pibes no afanan por hambre. Son de una condición humilde, pero para las “necesidades básicas” (diría un materialismo que atrasa dos siglos) ya existen programas sociales que ponen el acento no solo en lo material, sino incluso en lo simbólico. En eso que pomposamente se denomina la inclusión. Es que estos mismos programas ya no solo configuran los meros paliativos que representaron en el momento de su implementación, sino que han evolucionado hasta alentar o exigir como contraparte otros modos de participación/democratización simbólica, como la finalización de los estudios o el incentivo a las carreras de grado por vía de becas o creación de mas universidades. ¿A que voy con esto? Mi hipótesis es que este modo de vandalismo, acaso mas cruento y naturalizadamente pendenciero, que el que yo conocí en mi juventud, se expresa por la absoluta carencia de proyecto, en al menos dos generaciones.

Y repito, no es que el país no haya cambiado. Objetivamente, lo hizo, aunque el buen Dr Salvia no quiera notarlo. Basta contrastar la capacidad adquisitiva de los sectores populares a partir del 2003… Sin embargo hay conglomerados urbanos en los que una segunda generación de desocupados no han visto a sus padres trabajar. Y no es “gracias a los planes” como todo el tiempo están prestos a decir los cualunquistas de siempre. Sino por que sencillamente hablamos de una fracción de la sociedad que ha quedado verdaderamente afuera de toda aspiración de movilidad social ascendente por vía del estudio o el trabajo. Sí, es un tema “aspiracional” como les gusta decir a los publicistas! No son las condiciones objetivas, sino subjetivas (al decir de el Ché) las que inhabilitan a estos jóvenes, poder pensarse como otros sujetos que sujetos de consumo.

Por ello, por que lo único que importa es el consumo, el horizonte de expectativas de mi generación y la siguiente se pierde en los hedonistas interrogantes de ¿que hacer este fin de semana? ¿Como procurarse altas llantas? ¿Como pegar esa motito que me lleve y me traiga con mi chica? Y ¿Como acceder a sustancias que me abstraigan de esta realidad de privaciones e imposibilidades? Pero pregunto yo ¿acaso esta ultima enumeración de las motivaciones son otra cosa que el horizonte de sentido de toda esta sociedad que hemos sabido construir?

La única diferencia es que la clase media, que a los efectos es igualmente mediocre en sus aspiraciones, no esta dispuesta a delinquir. Su capacidad de adquisitiva la redime de algo tan bochornozo. Es la intersección entre posmodernidad hedonista e inmediatista y la absoluta carencia de proyección espacio-temporal propia de la exclusión social, del habitús de los mas relegados. Esos que se revientan los morlacos hoy por que mañana no saben si los tendrán, mientras la clase media gusta condenarlos por no ser lo sacrificadamente ahorrativos burgueses que ellos han podido ser. Lo cual nos deja con este cóctel inasimilable de sordidez y consumismo, que en las fantasías de fachistoides se resuelve con una nueva “colimba” para castigar a la pobreza por la vía de una militarización que ni remotamente se entiende como vocación de servicio patrio.

Me voy a la cama con algunas intuiciones de por donde viene todo el kilombo. Pero con la inquietante certeza de no tener demasiadas pistas sobre cuales serian los modos de intervención, no canallas, no demagogicos, no ingenuos, pero no estigmatizantes, para tener una sociedad mejor de la que venimos heredando.

 

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